¿Acaso quieres que propague mis sentimientos como una promoción barata para desarrollar tu egolatría? Lo haré, porque me encanta como eres y me agrada que te enojes de algo que te gusta.
Después de todo este tiempo ya es inútil seguir mintiéndote. Quiero confesarte que siempre te esperé en cualquier momento. Y aún recuerdo aquella Facultad de Química que como un castillo abrupto, de miles de libros, cuadernos, lápices y gomas sujetaban la sangre de tu corazón.
Tuve sueños que ni el Dios más poderoso hubiera cumplido. Pero no me bastó la imaginación aunque ya es el momento de frenar… ¿Qué no sabes ni cómo decirme? Yo tampoco sé cómo decirte, y me siento como una ahogada olla de presión a punto de explotar. Durante mucho tiempo oculté esto para alejarte de los recuerdos, para no darte tu verdadero valor, para no aceptar que eres el eje de mi universo y no acrecentar el machismo en el mundo.
Imaginé que nos casábamos, que compartíamos la misma escuela, la misma carrera y que intercambiábamos nuestros bolígrafos. Que accidentalmente, un día en la clase de laboratorio, un líquido ácido se derramaba en tu indeleble rostro y que por una peripecia de automóvil habías quedado inválido. Entonces, en dichas circunstancias tú y yo nos volvíamos a encontrar, y juntos construíamos un indestructible andrógino en este espacio de estrellas, dioses y leyendas. Soñé que nos volvíamos novios, que merendabas en mi casa y que dormías en mi cuarto.
Ya nada tiene caso, ni acabar con las féminas bonitas o con todas, para guardarte en un cajoncito y gritarle al Céfiro que ha sido en vano juguetear con mi vida. Me iré de ti, de todo, antes de que el sol agonice en occidente, antes de que el otoño se deposite en las hojas de mi cuerpo.
Hoy, en el triste periódico, la noticia famosa de México, en la sección de sociales: El gran químico farmacéutico biólogo Mendoza se casa con la doctora Rivas. Tú siempre fuiste un príncipe vestido de talento, yo siempre una muñeca de trapo detrás de tu sombra, que vive el enésimo intento, que se cansó y no aguanta más. Pero confía en ti, a pesar del inmortal eco de tus labios y de un secreto que nunca pudiste guardar.
Ha llegado la hora, mis padres han muerto y existe una amada hermanita que vive en un matrimonio feliz. Se acabó mi lapso. Correré descalza y en secreto, sin detenerme a la primera tienda de medicamentos y sin zapatos compraré una caja de pastillas que los psiquiatras nombran Alprasolam, quizá soborne al responsable de la botica, pues no existen recetas para los suicidas.
Tomaré todas las pastillas como si fuesen caramelos, en una cama, debajo de cobijas grises y cafés, en esta tarde lluviosa y con este vaso frío, esperando el fin, y me iré en un tren porque me faltaron golosinas en la infancia y adolescencia. Pero terminaré con lo imposible para que nunca exista lo improbable.ogo Mendoza se casa con la doctora Rivas.
Hoy es un día como todos, aunque me he liberado de la cárcel que me apresaba: quiero huir contigo. No quiero estar sola. Me pregunto si tú quisieras compartir conmigo un lugar lejos de la vida y cerca de la muerte. Deja que esto sea más fácil o por lo menos concédeme el permiso de mirar la belleza de Dios a través del reflejo de tu figura y escuchar el solemne sonido de tu garganta. Sí, todo es mentira, no tengo ninguna beca en España, no viajaré para siempre. Todo es un pretexto para reposar en tus brazos, pedirte este último abraso sin colocarte en una posición embarazosa. Esperando en el fondo del alma encaprichada y enferma que me pidas que nunca me marche (aunque eso jamás sucederá). Esto es como convertirme en una víbora bíblica que se arrastra frente a ti y denigra una vez más el significado de la palabra “mujer”. He perdido otra batalla y nuevamente te quedas con mi vida.
¿Cómo decirlo? Hoy es una madrugada como todas, una mañana como todas, una tarde como todas, una noche como todas, esperando lo que nunca podrá ser, porque todo dura poco. Comer hasta hartarme, porque no puedo más, devorar mis labios, mis entrañas y no dejar nada. Acabar con todo ¿Cómo decirlo? Soy como una albóndiga andante…, alguien que se mira al espejo con hambre de no sé qué… Hambre, hambre, hambre y sed. Quizá desesperación de no poder morir en paz. Comer hasta olvidar el hambre de yacer entre tus manos, o tal vez hambre de valor para gritar que muero de hambre de perderme entre tus cobijas.
Las tareas se hacen precisamente el día en que se entregan y generalmente se les inventa una mentira piadosa a los maestros. Una tarea excelente se hace en veinticuatro horas y se olvida en dos. Hambre y desesperación por incendiar las cortinas de una escuela… ¿En cuánto tiempo desaparecerá una escuela? Tu escuela. Es de varios edificios. La última vez que pasé sobre sus pasillos esperé verte en alguna puerta. Era demasiado noche. Una noche es perfecta para hacer el amor, pero prefiero que la primera vez sea con champaña o el vino más caro de Italia. Que bailemos una pieza romántica, algo de The Beatles: Yes it’s is, y que juguemos a que tú eres John Lennon. Para que todo sea más fácil. Hambre de descansar, de mi estúpida obsesión, de mi amarga enfermedad mental y del mundo.
de Maribel Ramos Visuet
No hay comentarios:
Publicar un comentario